Arte y cultura para una nueva narrativa de Cali

Arte y cultura para una nueva narrativa de Cali

Por Isabel Cristina Restrepo

Isabel Cristina Restrepo, directora ejecutiva Proartes, hace una reflexión sobre la situación de Cali e invita a pensar en procesos de arte y cultura para la construcción de una nueva narrativa de Cali.

Capital de la rumba

Cali, capital mundial de la salsa, pachanguera, capital de la alegría, de la rumba. Cali, tentada por el diablo hasta adquirir definitivamente su vocación rumbera, trasnochadora, bailadora y bohemia…Cali-calabozo…

Desde que era muy niña siempre escuché que además de haber nacido en la sucursal del cielo, esta era la ciudad de la rumba, pero también crecí en una ciudad que se enorgullecía de su actividad cultural… teatros, orquesta, museos, cine, artes visuales eran parte de la cotidianidad que aquí se daba, y eso también era motivo de alegría para mí.

Esa ciudad de la rumba, también era epicentro cultural del país… hasta que llegó el narcotráfico y todo lo permeó. Nada le ha hecho tanto daño a la sociedad como el negocio de las drogas, e infelizmente en esta ciudad se implantó una cultura del facilismo, de la traquetería, del esnobismo, de la superficialidad y ramplonería que continúa hasta nuestros días.

Todo lo que está sucediendo en la ciudad ahora, en la que muchos miramos horrorizados lo que sucede, cuando hordas de personas llenan en plena pandemia los centros comerciales, o los cientos, miles de fiestas que irresponsablemente emanan por todos los rincones de esta ciudad, sí, en los de la Cali de las laderas, en los del oriente y también en los de ese pedazo de ciudad de las certezas y la comodidad, dan cuenta de una sociedad que ha crecido alimentada por estereotipos, de una sociedad fragmentada, dividida, acosada, y también que responde muchas veces a esos imaginarios reforzados desde las voces oficiales, que nos llaman todo el año a no perder la alegría, a demostrar porqué es que somos la ciudad de la noche en el mundo… pero sobre todo a una “caleñidad” (confieso que detesto la palabra), que no se siente conectada, ni incluida, y que mucho menos tiene apropiados valores ciudadanos, que fueron aplastados por esa cultura mafiosa, que infelizmente nunca se fue.

Tres ciudades

Cali, la ciudad acogedora, trasnochadora y amable, es receptora de cientos, miles de personas que huyendo de condiciones de pobreza, o por la violencia, buscan refugio aquí, pero se encuentran con tres ciudades… la Cali que muchos habitamos, los espacios llenos de certeza, en que nos sentimos cómodos y seguros “nuestra” Cali; la de las laderas, que vibra en sus particularidades y que poco conocemos, más allá porque desde ciertos balcones y azoteas nos interrumpe la vista a los cerros que circundan esta ciudad, y la Cali del Oriente, nuestro vibrante distrito, separado por la avenida Simón Bolívar, en la que muchos si pudieran le construirían un muro.

Hace 20 años Medellín, sí, Medellín, empezó un proceso muy interesante de reconstruir una sociedad que estaba absolutamente fragmentada y golpeada por el narcotráfico. Pero rápidamente entendieron como lo menciona Lucía González en un maravilloso artículo, que cuando una sociedad se extravía o vive en la incertidumbre, sus esfuerzos y preguntas más urgentes no están realmente dirigidos a sectores como el de la economía o la política: están dirigidos, en esencia, a nuestra cultura –o culturas…

Nuevas posibilidades

Y eso lo entendió Medellín, cuando allá en los 90 se plantearon construir nuevas posibilidades para la ciudad a través del potenciamiento de la expresión artística y la capacidad humana de crear, justo cuando estaban pasando la peor crisis, en una ciudad que además presentaba las más altas tasas de homicidio del planeta.

Pero el proceso allá, pasó por superar la retórica y volver real lo que antes era discurso… que existen innumerables complejidades y que en eso era especialmente importante entender las múltiples maneras de ser, de crear y de expresarse a través de las manifestaciones del arte… y entonces llegó la magia… Ese proceso en torno al arte y la cultura que iniciaba se vio fortalecido por la participación ciudadana, la interacción con esos “otros” invisibilizados y la aceptación de las diferencias.

Y aquí nuevamente, retomo preguntas que allá se formularon: ¿qué se ha arraigado y normalizado entre nosotros? ¿Y qué deberíamos repensar y reconstruir para reconocer de nuevo la dignidad personal y ajena, a pesar de las diferencias?

Arte y comunidad

Seguramente la luz llegó con la comprensión que el arte y la cultura no son espacios y proyectos del privilegio, o de las bellas artes exclusivamente, sino un lugar desde el que todos pueden pensarse y representarse, y que tiene un espacio en la narrativa de la ciudad. El arte, entendieron, construye comunidad, y por lo tanto nos hace mejores ciudadanos… Y en esa apuesta participaron todos, Gobierno, empresarios, pero sobre todo las organizaciones culturales, y los colectivos comunitarios.

Una red de bibliotecas públicas fortalecida, con infraestructuras dignas para todos, la red de escuelas de música que es ejemplo para el país, la red de artes plásticas y visuales, una política para la danza… Todos ellos apuntando a la construcción de una nueva ciudadanía que permitía unir a las personas alrededor de una nueva narrativa de ciudad, que no desconocía su pasado, pero que se remitía a él para transformarlo…



Cali, se niega a cambiar su narrativa… aún asumiendo el riesgo que me lapiden, la narrativa de la ciudad de la rumba, de la salsa, de la Cali pachanguera, les ha hecho mucho daño a los procesos culturales de la ciudad. Negar la salsa y la rumba como marcadores de identidad de los caleños, sería una insensatez, pero no debería ser el único, negar nuestro gusto por la salsa , sería como negar que la ciudad está bañada por siete ríos aunque varios de estos ya sean casi caños… pero Cali es mucho más, y el discurso que hemos venido construyendo y reafirmando durante tantos años, ha sido tan efectivo, que ha calado en las personas, los empresarios, los productores, y margina otras iniciativas y procesos artísticos…

Que el proceso en Medellín no es perfecto, por supuesto que no, pero negar su impacto y la fortaleza de sus procesos e instituciones culturales, de sus museos, de su Orquesta Filarmónica, de su red de escuelas de música, de sus bibliotecas, aunque alguna se haya caído, sería más que obtuso… Pero qué nos importa, si aquí tenemos las personas más alegres del planeta, y los más rumberos… y también una de las más altas tasas de contagio de la COVID 19… y de muertes…

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…Y entonces vuelvo y sueño con esa ciudad que recorrí hace ya muchos años, vibrante en manifestaciones, rica en diversidad, que fue ejemplo cultural para el país, y sobresaltada me doy cuenta que aquí no existen ni red de escuelas de música, ni de danza, ni nuevas infraestructuras culturales, y despierto recordando que estoy en Cali, la capital mundial de la salsa, en la Cali pachanguera, rumbera, trasnochadora, bailadora y bohemia…la Cali-calabozo…