Orfebres, un oficio en vía de extinción.

Orfebres como Miguel Ángel conquistan con sus obras

Miguel Ángel  un Orfebre rodeado de obras de arte, obras de gran valor para la comunidad religiosa.

Sus manos crean y restauran; se inició desde niño aprendiendo cada uno de los secretos  de su padre, el fundador de la Orfebrería Rodríguez; que contó con el aprendizaje de la escuela francesa.

Las vacaciones de colegio eran para él una aventura, su gusto por las piezas –y el proceso que llevaban- se convirtió no solo en un hobby sino en un oficio.

Es sociólogo de profesión y orfebre por vocación, ingredientes que le dan la autoridad para hablar sobre orfebrería religiosa –su especialidad- con  mucho conocimiento.

Tiene nombre de artista,  figura delgada, cabello blanco y manos sutiles. Deja la timidez y comienza a hablar con tal propiedad sobre las obras del Siglo XIV, XVI, XVII o XIX  que podría decirse que también es historiador. 

“En este oficio no podes limitarte a lo que hagan tus manos, debes de conocer bien el origen de la pieza, cómo fue hecha, porque los orfebres no solo atendemos el requerimiento, con nuestras manos transmitimos un mensaje y una devoción” dice.

Al escucharlo hablar sobre las obras creada por  su papá, las elaboradas por él y el trabajo que realizan los artesanos en la Orfebrería Rodríguez desde hace casi seis décadas sus ojos se iluminan.  

El relicario para la beatificación de la madre Laura que le fue entregado al papa Juan Pablo II fue realizado en esta empresa familiar.

También hay obras Australia, España, Costa de Marfil, Zimbabue, Canadá, Estados Unidos, la Patagonia, Francia, Panamá y Ecuador, por nombrar algunos de los muchos lugares desde donde llegan peticiones para el diseño y la realización obras.

Copones, custodias y sagrarios, entre otras piezas, son creados por manos expertas que  meticulosamente las van  convirtiendo en  únicas. 

La mayoría de las veces en objetos que son  personalizadas, “tenemos mucha comunicación con el sacerdote para que sea al gusto de él”.

También realizan piezas que son encargadas por laicos para obsequiar, donar a parroquias, capillas u oratorias.

Conocedor de la historia

Miguel Ángel no solo tiene el legado de su padre, es un lector apasionado. Conoce la historia y muchas veces ha tenido que compartirla para que sacerdotes comprendan que tiene en sus manos verdaderas piezas de museo.

Miguel Ángel lee literatura del Siglo XIV, XV, XVI o del XIX, conoce de técnicas milenarias, trabaja con dedicación y es un preocupado por la conceptualización de cada una de las piezas.

Desde diferentes lugares del mundo llegan sacerdotes en busca de la originalidad de las piezas,

“el trabajo de la orfebrería  a  mano, ya no se ve en otros países. La obra religiosa que se ve en otros lugares del mundo, se está haciendo por volúmenes”

Miguel Ángel es fuente de historias increíbles como la crismera que fue realizada para un sacerdote de Montpellier (Francia) en donde tardaron varios meses elaborando piezas que permitieran darle a la plata ese aspecto colonial que el padre deseaba.

A su lado está una réplica de la ‘Custodia La Preciosa’,  la pieza original pertenece al Tesoro Nacional, la que muestra el orfebre es igual, está  inspirada en el Siglo XVIII, tiene 314 piedras que son circones importados.

La elaboración de una pieza puede tardar entre dos meses y un año dependiendo  de la complejidad de la misma,

Entre las piezas más  raras pedidas se encuentra “un copón que nos encargó un monseñor, él deseaba que fuera con un Poporo Quimbaya”.

También el encargo de un cáliz del Siglo XVII  “de 32 centímetros, con piezas diminutas y muy elaboradas”.

Pero no solo hay piezas de complejidad también ha encontrado historias fantásticas cuando llegan obras para restauración.

“He encontrado que hay Custodias en lugares inhóspitos, uno se pregunta cómo llegaron hasta allá. Por ejemplo me llegó una desde Chitré, Panamá.

Es una custodias del Siglo XVI, hechas en plata que pesan más de cuatro mil gramos”

También tuvo en  sus manos una Custodia del Siglo XIV que tenían unos monjes  Franciscanos en Pereira,

“fue hecha en Sicilia y el cincelado de la Custodia en el fondo es una bolita de un diámetro de un centímetro y en la mitad tiene un puntico con forma de estrellita, ese es un cincelado que fue hecho punto por punto y uno sabe que por más diestro que haya sido el orfebre no debió haber tardado menos de un año en solo martillarlo”.

En esto de la orfebrería existen historias maravillosas los hoy llamados orfebres también fueron conocidos como plateros u oribes, “ se sabe por historiadores que publican en ediciones especializadas –como las del banco de la república- que los oribes antiguamente tenían una creencia muy arraigada, las custodias eran siempre encargadas por un jerarca que entregaba un acta, en donde reposaban los gramos de oro o plata, la pedrería, las dimensiones de la pieza, el orfebre se tomaba todo su tiempo para hacerlo y con tanta meticulosidad  para lograr la mejor pieza porque  sabía que tras la elaboración de la custodia iba la salvación de su alma y la de los suyos.  Ellos trabajaban bajo ese criterio” cuenta el orfebre.

En estos años de trabajo se manifiesta sorprendido por el desconocimiento que tiene el clero sobre las piezas que llegan a sus manos cuando obtienen a una parroquia.

“Hace unos años llegó a mi taller un padre muy querido con un incenciario que estaba muy deteriorado, con las cadenas negras, reventado y me dijo “Miguel Ángel por qué no te quedas con este incenciario,  y me haces uno de los tuyos y me decís cuánto te encimo;  yo le dije, yo se lo arreglo, venga por él dentro de un mes. Me preguntó cuánto vale el arreglo y  le dije 800 mil, él respondió con eso me hubiera comprado uno nuevo… le dije: De estos no creo, porque es del Siglo XVII, es de plata plata, está tejido a mano y hacerlo nuevo le costaría más de 9 millones de pesos”

En otra oportunidad le llegó una custodia que venía desde el  cerro San Antonio, hoy diócesis de Santa Marta,

“era una custodia de alfiler, estaba  desbaratada ya no tenía la pedrería. Esa custodia la restauramos nosotros, al terminar de arreglarla escribimos una carta al monseñor diciéndole que había ahí: una custodia que yo creo que no vale menos de 35 millones, valor sin contar con el de la  pedrería original que ya no la traía”

Miguel Ángel cree que sus hijos van a continuar la tradición,  aunque muchas veces ha sido invitado a dar conferencias sobre orfebrería, el considera más importante explicar cómo cuidar estas valiosas joyas.

No siempre puede asistir porque “los padres son muy celosos y cuando encargan una pieza les gusta que sea yo el que las haga o las repare”

Hasta diferentes lugares del mundo envían viacrucis, copones, custodias entre otras piezas, las hacen de manera modular, aspecto que permite que se puedan ensamblar fácilmente en los diferentes destinos.

Cuando se trata de obras en restauración “por su valor histórico no las enviamos le pedimos a los padres que las esperen y se las entregamos personalmente porque son joyas que se deben preservar”

Así es  la historia del orfebre que tiene nombre de artista, Miguel Ángel, que con sus manos crea obras de arte con las que transmite un mensaje y una devoción.

 

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