Mi experiencia con el Yagé

Mi experiencia con el YagéCarmen Alicia Sarmiento, periodista vallecaucana experimentó en el Yagé.

Por Alicia Sarmiento

“Soy una con el cosmos”, esa fue la primera revelación que me dio el yagé, experiencia a la que decidí someterme a pesar del temor que me causaba el hecho de exponer mi mente a un escrutinio en el que podría perderme.

La experiencia de Junior, un hijo adoptivo que el universo me ha regalado, me animó a tomar la medicina, no porque su “toma” fuese suficiente para mí, sino porque mis vivencias de los últimos dos años, tras la partida de mi padre, abrieron mi horizonte espiritual que se nutre de voces diversas, desde aquellas que tuvieron un encuentro extraterrestre, como aquellas que afirman haber estado ante la presencia de Dios; o la fe de quienes dan testimonio de la existencia del Creador en sus vidas; mi muy particular relación con Dios desde que era niña; películas como ‘Los dos Papas’, la serie de Ciro Guerra, ‘Frontera verde; mi experiencia con los indígenas Awá, sueños, canciones, muchas fuentes para llegar a convencerme de que hay fuerzas superiores de luz y oscuridad, en pugna constante en los diferentes planos y dimensiones de nuestras existencias.

La cita era con el Mayor William Salazar Descanse, cofán del resguardo indígena Bocanas del Luzón de Putumayo, descendiente de un linaje ancestral, encargado de resguardar la tradición que fue entregada de manos de su abuelo Alejandro Salazar a su padre, Alonso Salazar, quien a su vez la pasó al Mayor William, y este a su hijo, cuatro generaciones.

Debíamos llevar cobija, hamaca o carpa, papel higiénico, agua y buen abrigo. Las mujeres con “la luna”, es decir con el período menstrual, no deben asistir.

Llegamos a la finca casi a las 9:00 de la noche, me sentía extraña entre todos los rostros desconocidos que encontramos al ingresar a la Maloka, apretaba contra mi pecho la colchoneta como hacen las niñas con sus muñecas cuando se sienten inseguras. Junior me dijo que podía acomodarme donde quisiera, pero no veía en la Maloka un lugar en el que deseara estar, por eso no descargaba mis cosas.

Él y su acompañante se hicieron al lado de la piscina, cada uno con su carpa; yo encontré una piedra, o quizá la piedra me encontró a mí, decidí que esa sería mi cama. Puse mi colchoneta sobre la roca y me extendí sobre ella. Me sentí cómoda, creo que era parte de lo que sería mi experiencia de esa noche. Algunas personas se acercaron a darnos la bienvenida, no faltó quien me reconociera como la periodista de Telepacífico y bromearon con la llegada de la televisión al encuentro.

Casi a las 11 llamaron a la toma, nos hicieron una especie de inducción sobre lo que podría ser el proceso, el cual para todos no sería igual, que procurásemos no alejarnos mucho porque se haría difícil cuidarnos. Debíamos informar si tomábamos algún tipo de medicamento y si era nuestra primera vez.

Los hombres pasaron antes que las mujeres, los observé cuidadosamente mientras llegaban al lugar donde estaba la medicina, los más experimentados hacían una especie de ritual personal para recibir el Yagé.

El Mayor, un hombre de rostro adusto, sencillo y humilde, con dos totumos, uno para servir y otro para ofrecer la bebida, rezaba el líquido que entregaba a cada uno de los participantes, quienes levantaban el recipiente y lo bebían hasta la última gota. Algunos recibían agua tras la toma, otros la rechazaban amablemente. Cuando todos los hombres bebieron llamaron a las mujeres. Yo me quedé sentada en la tierra, observando y tomando valor, sabía que lo haría pero no dejaba de albergar temor por lo que esa experiencia sería. Finalmente “el mal paso darlo pronto”, “lo que no quieras hacer pero debas hacer, hazlo pronto”, me levanté y me ubiqué en la fila, esperé mi turno y al llegar al lado del Mayor le dije -“Es mi primera vez” -“¿Es su primera vez?” –“sí señor”, me ofreció la totuma, observé el líquido viscoso, como una colada color beige, tomé aire y bebí hasta el fondo como todos los demás, recibí el agua y me fui hasta mi piedra.

Mi experiencia con el Yagé  foto Archivo particular

Estuve sentada un rato, mirando las estrellas, esperando sentir los efectos que parecían no llegar. Me di por vencida, no tuve ganas de vomitar así que me acosté y me quedé mirando al estrellado firmamento, estuve así algunos minutos hasta que decidí cerrar los ojos, no supe si me dormí o no, sólo sé que de repente veía figuras llenas de colores brillantes, rojos, azules y amarillos, como los que se usaban en los estampados de las telas con que se vestían hombres y mujeres en la década del 70. Las figuras cambiaban de forma, se movían, se desplazaban, era lindo ver ese espectáculo de color, que de repente era mi propio cuerpo haciéndose polvo, creo que veía mi cuerpo astral diluirse como arena para expandirse por el cosmos, por el universo, como polvo de estrellas, y fue cuando pensé: Soy una con el cosmos.

De repente tuve una visión no sobre mí, no sobre mis hijos, fue sobre un hombre muy cercano, una voz que podría ser la de Dios, la de mi ser de luz, o la del Mayor, no tengo certeza, me habló de lo que este hombre hizo en el pasado y cómo eso le pesaba terriblemente, él está esperando su castigo, puntualizó. Pregunté por qué lo estaba viendo a él antes que a mis hijos y la voz me respondió que él, el hombre que me había mostrado, tenía que compadecerse de sí mismo, sentir compasión por él, porque solo si sentía compasión por él, podría perdonarse a sí mismo y entonces podría amarse también. Si no se compadece, ni se perdona ni se ama, no podrá compadecerse de sus iguales, ni perdonarlos ni amarlos. Esa era mi misión, no solo con esta persona, aparecieron entonces mis hijos, mi padre y otro hombre que durante toda mi vida profesional ha representado una carga, una persecución. Entendí que debía hablar con mi hijo, pedirle perdón por el pasado y lograr que él también se perdone por la carga que lleva desde antes de nacer y por la que él retrasaba su llegada a este mundo.

De mi padre me despedí, lo pude ver y decirle también que era el momento de continuar, de mirarse con compasión a sí mismo, de perdonarse, amarse y seguir su camino, lo vi alzar el vuelo y ser libre como las aves.

Supe al día siguiente que Junior me había ayudado a liberar a mi “Bomba”, Junior lo vio a mi lado y le dijo que era el momento de irse, mi padre le respondió que sí, que lo sabía, y se fue tranquilo.

No recuerdo en qué momento vomité ni en cuál aluciné y tuve las que fueron mis revelaciones, pero cuando vaciaba mi estómago en una zona verde, vi que a través mío limpiaba al hombre de mi visión, lo vi botar un líquido negro, se liberaba de su oscuridad. Tampoco supe en qué momento regresé a mi cama-piedra, miré al cielo y veía a las estrellas danzar, se chocaban unas con otras y no todas eran azules, era como si las estrellas estuviesen de fiesta. Las nubes también me mostraron formas organizadas, bonitas, arabescos como cuando dibujaba las nubes en mi niñez. Cerraba y abría los ojos alternativamente para observar si las formas desaparecían, mi cuerpo se sentía mal pero mi mente estaba muy bien, nada de lo que veía me asustaba o espantaba. Viví toda la experiencia pidiendo a Dios su cercanía, su presencia, que me permitiera aflorar su divinidad, que me protegiera de la oscuridad, que cuidara mi campo cuántico.

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Escuché hablar de la segunda toma, pensé que no quería una segunda toma y no la haría. De repente Junior me llamó por mi nombre: “Carmen”, sí, le respondí… vamos a la segunda toma me dijo. – No quiero, fue mi respuesta. Iván dijo que era necesario para sanarme. Me levanté de mala gana para ir acompañada por ellos hasta donde el mayor, le pregunté si era necesario hacer la segunda toma, su respuesta fue una pregunta: -¿Le hizo efecto la medicina?


– Sí señor, le respondí.
– Entonces tomé un poquito, me dijo y me ofreció una porción pequeña.

Regresé a mi cama y lloré a mares porque sentía el dolor del hombre de mi visión, lloré su dolor. Wilmar creo, un personaje muy interesante que también conocí, me pidió no interiorizar el dolor ajeno porque era asumir una carga que no debía yo llevar.

Le respondí que yo no estaba sufriendo, que solo estaba sintiendo el dolor del otro y que al llorar buscaba drenar su dolor porque sabía que él era incapaz de llorar, “ahhh así sí, así está bien lo que está haciendo”. No pude seguir hablando con él porque el vómito me apresuró a buscar de nuevo la zona verde.

Le pedí a Dios que nos limpiara y sanara. Alucinaba con un líquido amarillo como el oro, lo veía escurrir a mi lado, intentaba ponerme de pies pero el mareo y la debilidad en las piernas me obligaban a estar de nuevo en cuclillas.

Perdí la Noción del tiempo, sé que en varias oportunidades alguien se acercó a preguntar cómo estaba y si necesitaba ayuda… la decliné siempre, sabía que ellos no podían hacer nada por mí, yo estaba en mi proceso.

Cuando sentí que podía regresar a mi cama de piedra, me incorporé y tambaleando llegué a mi refugio. Sentí algo de frío pero de repente yo era una con la piedra, no sentía necesidad de moverme, no sentía frío ni calor, y empecé a hablar, a decir en voz alta pero solo para mí, todo lo que quería decirle a la gente de mi visión, cuánto les amaba, cuánto me arrepentía de haber tomado las decisiones que tomé y que los dañó de alguna manera, pero también cómo debían mirarse a sí mismos con compasión, perdonarse y amarse.

Estaba como en un trance del cual tenía conciencia, sé que estuve mucho tiempo hablando, diciendo lo que el cielo me dictaba decir, me escuchaba a mí misma decirlo todo y entendí que la medicina ratificaba la que era mi misión de vida en esta tierra, y que la compasión universal y el amor incondicional, son dos herramientas fundamentales para llevar la luz de la verdad a mis iguales, para despertar a la humanidad del letargo en que se encuentra sumida por creer que sólo la riqueza material cuenta en este planeta.

A veces tenía conciencia de lo que sucedía alrededor, supe que algunas personas tenían experiencias dolorosas, que sufrían, gritaban, lloraban, pedían ayuda, otras casi que aullaban y había quienes reían.

Junior caminó casi toda la noche, lo veía dar vueltas, entrar y salir de su carpa, rugir como un tigre. Escuché a una mujer gritar que una bruja los atacaba, y luego los acordes de una armónica o dulzaina. Mi papá siempre nos traía este instrumento cuando regresaba de sus viajes.

Oscar otro joven tocaba la guitarra y entonaba canciones de su autoría dedicadas al yagé, la tierra, los elementos, la vida, la divinidad, Dios. Al día siguiente supe que la batalla con la bruja había sido protagonizada por Junior y el Mayor, y que a pesar de todos los esfuerzos y el poder de los ancestros del Mayor, la bruja solo fue derrotada con la alegría de la música.

Al amanecer se rompió el encanto, ya no era una con la piedra, empecé a sentirme cansada en una sola posición, y finalmente al despuntar el alba me incorporé. La jornada sin embargo no había terminado.

Nos pidieron quitarnos las blusas y camisas, las mujeres quedamos en sostén.

El Mayor nos dio golpecitos en la cabeza, pecho y espalda con una ramillete de hojas mientras recitaba una letanía en su lengua materna supongo. También nos escupió un líquido en la cabeza, frotó nuestra espalda, pecho, brazos y manos con el mismo líquido, fueron dos o tres rondas acompañadas con la música de tres dulzainas o armónicas. Posteriormente hubo ritual en el cual quienes así lo deseaban, fueron “ortigados”, es decir frotados sus cuerpos con Ortiga, yo preferí no hacerlo.

Lo que sí acepté fue ser “rapeada” y aunque ya me había recuperado de la jornada nocturna, ésta, casi me mata.

El Mayor introduce una especie de pipa por las fosas nasales y sopla un polvo, me dijeron que era un polen, me advirtió que no debía respirar mientras él lo hacía y que después debía tomar el aire por la boca.

Cuando intenté respirar fue horrible, no me pasaba el aire por la garganta, agité mis brazos desesperada mientras me pedían respirar por la boca, yo continuaba agitando los brazos y haciendo ingentes esfuerzos por pasar aire a mis pulmones, finalmente y de a poco se fue despejando la vía respiratoria, me dio vómito de nuevo y me negaba a hacerme el proceso en la segunda fosa nasal.

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El Mayor me dijo que era necesario para equilibrar los 2 hemisferios, que no sería tan duro como la primera y entonces lo hice, sí, fue menos difícil, menos traumático pero traumático al fin y al cabo.

Me quedé sentada vomitando y tomando pequeños sorbos de agua… cuando me sentí con alguna fuerza me incorporé y pedí que me ayudaran a llegar a un árbol, quería abrazarlo, pisar la tierra con mis pies descalzos, orar, pedirle perdón a la tierra por el daño que le causamos, pedí por mis seres queridos, pero sobre todo por ese hombre que yo amo y que tanto sufre.

Junior estuvo pendiente de mí todo el tiempo, le pedí que me llevara al baño, creí que me daría daño de estómago pero solo fueron gases. Le pedí que me llevara a mi piedra, allí me senté, y después de un momento volví a acostarme sin colchoneta, en posición fetal y con la cabeza sobre la chaqueta que había usado durante la noche. Si me movía un poco volvía a sentir náuseas, así que me quedé allí nuevamente muy quieta mirando el cielo, hasta cuando estuvimos en condiciones de emprender el regreso.

El recorrido hasta el carro era un poco empinado, sentí fatiga, debilidad terrible y volví a vomitar. Decidí que no quiero más yagé por ahora, que estoy agradecida con la medicina, que fue de gran ayuda y estoy segura sus efectos seguirán sintiéndose en mi vida un tiempo más, pero sólo si Dios quiere, volveré a tomarlo, por lo pronto siento que encontré las respuestas que buscaba, y que asumo la misión de llevar compasión universal y amor incondicional a mis iguales, no importa que “tan gordos” me caigan.

El camino recorrido hasta aquí, ha estado acompañado de Dios que ha puesto a las personas necesarias en los momentos indicados, me permito seguir fluyendo, estoy abierta a recibir todo lo que de la luz, el universo quiera enviarme. Gracias, gracias, Gracias.