El guardián del lek y la danza de la neblina

Jonathan estaba en primaria cuando uno de sus profesores de la escuela lo invitó a recorrer el sector de La Leonera para escuchar y descubrir la naturaleza. Ese fue su primer contacto con lo que más tarde se convirtió en una pasión vital: el pajareo.

Hoy conoce de memoria los nombres científicos, los nombres comunes y los cantos; sabe con precisión cuándo una especie está cortejando y cuándo marca territorio. Él es Jonathan Muñoz, nativo de la vereda El Pato, cuya historia de vida está indisolublemente ligada al corregimiento de La Leonera.

Fue nuestro guía en la reserva natural La Esperanza. A 2.100 metros sobre el nivel del mar, en este rincón del Valle del Cauca, se resguarda uno de los tres leks conocidos de la región: el escenario natural donde los machos de gallito de roca (Rupicola peruvianus) se reúnen a disputarse el favor de las hembras.

Un baño de bosque

Llegamos temprano. Alistamos equipos, escuchamos las recomendaciones de Jonathan y nos internamos en una caminata impregnada de sonidos y clima fresco, envuelta en esa neblina constante que hace parecer que el tiempo se detiene.

Avanzamos entre árboles gigantes por un bosque espeso, siguiendo un sendero marcado por las pisadas de decenas de pajareros, fotógrafos, biólogos, investigadores y entusiastas del ecoturismo. Todos llegan atraídos por el gallito de roca, pero también por otras majestuosas aves, serpientes y la rica biodiversidad que habita el sector.

A medida que nos adentramos, el bosque cambia su acústica y la temperatura desciende. La respiración se acelera; el latido del corazón se vuelve audible. Una cruza de miradas entre el guía, el vaquiano y los realizadores nos lo confirma: estamos en el lek.

“Este también es un baño de bosque, es algo muy importante para muchos de nuestros visitantes, que perciben el encuentro con la naturaleza y el ingreso al bosque”, relata Jonathan.

Es la conexión inmediata con un entorno apacible. “Aquí nos recargamos con la energía del bosque, es un encuentro mágico y sanador”, agrega.

El encuentro

El corazón se pausa al escuchar las primeras vocalizaciones. Se siente un revoloteo cercano; las ramas se sacuden. Todo indica que pronto lo tendremos a la vista.

La magia ocurre cuando salta de rama en rama, moviendo la cabeza de un lado a otro como verificando que la zona sea segura. Exhibe un plumaje naranja encendido, con una cresta mullida sobre la cabeza y el pecho que parece un adorno afelpado. Sus ojos amarillos contrastan con la densidad de su plumaje, tan tupido que casi oculta el pico. Extiende las alas y realiza un vuelo corto.

Tras ese primer movimiento, la escena cobra vida. Llegamos a contar ocho o nueve machos revoloteando entre las ramas, emitiendo sonidos fuertes en una conversación constante.

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Todos guardamos silencio mientras la cámara sigue el ritmo de la bandada. Nos tienen confianza; vuelan apenas unos metros por encima de nuestras cabezas. El momento es sobrecogedor: la caminata y la batalla contra los mosquitos han valido la pena.

Esperando a la hembra

Dice Jonathan que en esta reserva se pueden observar alrededor de 12 machos en los días de mayor actividad. En este lek habitan dos hembras, pero hoy no se dejaron ver y la danza quedó a medias.

“Para ver a las hembras se requiere tiempo y paciencia. Cuando ellas están los machos despliegan todos sus encantos para conquistar. Ellas aparecen esporádicamente, tienen que estar escondidas para proteger sus nidos que por lo general están en una peña, muy cerca del río. Ellas protegen el nido de un ataque de serpientes u otras especies de aves que gustan de los huevos”, explica el guía.

Naturaleza que conquista

Bajo estos árboles frondosos se cruzan múltiples historias. Nosotros fuimos tras el gallito de roca —cuya sola presencia es un indicador silencioso de la reforestación del sector—, pero aquí convergen relatos de lugares distantes. Hasta La Leonera arriban científicos, fotógrafos de naturaleza y observadores de todo el mundo. Vienen por el gallito, pero también tras la pista del águila crestada o águila real de montaña (Spizaetus isidori), objeto de deseo para conservacionistas y birdwatchers.

“Muchas aves han pasado por estos árboles porque somos un puente importantísimo dentro del Valle y el Pacífico colombiano y eso ellas lo saben”, dice Muñoz con orgullo.

Hasta este rincón llegan viajeros de Japón, Holanda, Estados Unidos o Alaska, así como de destinos más cercanos como Costa Rica, Panamá y México. Si piensas recorrer este territorio, la clave es contactar a Jonathan Muñoz, de Occitour. Con él entendimos que cada travesía responde a una búsqueda distinta: hay quienes van por la fotografía de alto nivel, quienes buscan documentación científica, quienes van tras el rastro de reptiles o simplemente quienes anhelan desconectarse del ruido urbano.

“Qué traer en un viaje de estos: buena disposición, paciencia. Ropa cómoda, repelente, bolsas para proteger los equipos de fotografía porque en el bosque podemos salir con sol, pero también la lluvia o el paramillo puede llegar en cualquier momento” advierte el guía.

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Descubrir al gallito de roca, al águila crestada, al barranquero, a la tángara o al monje de la montaña deja un mensaje claro sobre el estado del territorio: “estamos en un ecosistema sano y estamos haciendo las cosas bien, por eso es que ellos notan esa diferencia. Todo este trabajo de conservación que se ha venido llevando a través de la comunidad, los niños y entes gubernamentales está funcionando”, recalca Muñoz.

Al final del día, apagar los equipos y guardar las lentes deja un sentimiento de gratitud profunda. Fuimos en busca del gallito de roca para registrar su vuelo, su cresta encendida y su canto entre las ramas, pero nos llevamos mucho más: el testimonio vivo de un bosque que renace.

Capturar su presencia en pantalla no es solo un logro audiovisual, sino la prueba de que el silencio, la paciencia y el respeto por la tierra hacen posible la magia del encuentro y mirar hacia la zona rural es redescubrir los tesoros ocultos del Valle del Cauca.

Redacción CBonlinecali:

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