Hay días en los que uno no solo sale a comer, sino a buscar algo más: una experiencia que rompa la rutina, que despierte la curiosidad y, ojalá, que se quede dando vueltas en la memoria. Así llegamos a Mezza, un restaurante árabe en Cali que, más que una carta, ofrece una especie de pasaporte sensorial hacia otra cultura.
El lugar no es suntuoso, pero es cálido y tiene como una declaración de intenciones. Hay calidez en el ambiente —en la luz, en los detalles, en la forma en que te reciben— que te hace bajar el ritmo. Están ubicados en el sur de Cali y son un pequeño refugio donde el tiempo parece moverse distinto, como si cada plato necesitara su momento y cada conversación su pausa.
El secreto de la cocina libanesa
Antes de hablar de lo que llega a la mesa, hay que resolver ¿qué es exactamente la comida árabe y qué la hace tan especial? Es una cocina profundamente ligada a la tradición, al compartir y al equilibrio. Aquí conviven ingredientes frescos, especias aromáticas, preparaciones que mezclan lo crujiente con lo suave, lo ácido con lo cremoso. Es una propuesta gastronómica que no busca impresionar con artificios, sino conquistar desde lo esencial.
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En Mezza Cali, esa filosofía se siente desde el primer bocado. Si es la primera vez explorando la comida árabe en Cali, hay una recomendación que se repite y que tiene todo el sentido del mundo: pedir el plato mixto. Es, en cierta forma, una introducción honesta y generosa a este universo. En nuestra mesa llegó como un mosaico de sabores: arroz con carne desmechada, coronado con cebollas caramelizadas; un kibbeh crujiente por fuera y suave por dentro; el infaltable tabbule, fresco, herbal; hojas de parra delicadas y un hummus cremoso que, acompañado de pan árabe caliente, se convierte en un pequeño ritual.
Todos a la Mezza
Aquí cada elemento tiene su carácter, pero juntos construyen algo más grande: una experiencia que invita a probar, mezclar, compartir. Y ahí está una de las claves de esta cocina: no es individualista, es profundamente colectiva.
Luego llegó uno de esos platos que, sin rodeos, se ganan un lugar en la conversación: el lomo encebollado. Hay algo en su preparación —la suavidad de la carne, el dulzor de la cebolla, el equilibrio con las papas y el hummus— que hace que todo funcione. Es un 10/10 sin necesidad de adornos, de esos que uno recomienda sin dudar cuando alguien pregunta dónde comer en Cali.
También exploramos una opción vegetariana que demuestra que esta cocina no depende exclusivamente de la carne para brillar: arroz con almendras, kibbeh vegetariano, falafel dorado y lleno de sabor, tabbule y hummus, una receta que se repite una y otra vez. El falafel, en particular, merece una mención aparte: crujiente por fuera, húmedo por dentro, con ese sabor especiado que se queda un rato más de lo esperado.
Explorar sin miedo
Para quienes llegan con curiosidad pero también con algo de cautela, el shawarma aparece como una puerta de entrada amable. Familiar en su formato, pero distinto en su sabor, es una opción ideal para quienes quieren acercarse a esta gastronomía desde algo conocido, pero con un giro interesante.
Más allá de los platos, hay algo que termina de cerrar la experiencia: el servicio. Atento sin ser invasivo, cercano sin exagerar. Se siente esa intención genuina de que uno esté cómodo, de que la visita fluya. Y eso, en un restaurante, vale tanto como la comida.
El menú, además, invita a explorar sin miedo. Hay opciones para compartir —kibbeh de carne y vegetarianos, sambusek de pollo, carne, queso o espinaca, hojas de parra— que convierten la mesa en un pequeño festín. Es fácil imaginar este lugar en distintos escenarios: una comida familiar, una cita tranquila, una reunión entre amigos donde la conversación se alarga tanto como los platos.
Y sí, también hay espacio para el cierre dulce, en nuestro caso el protagonista inesperado fue un frappé de hierbabuena: refrescante, aromático, perfecto para bajar las revoluciones después de una comida generosa.
