Ikandra: cantar para sanar

Ikandra: cantar para sanar

El tambor suena antes de que Ikandra diga una palabra. No está en escena, pero se siente. Es una vibración que viene de lejos, del mar de Buenaventura, de los velorios, de las iglesias, de los lugares donde la vida y la muerte se rozan sin pedir permiso. Ahí, en ese pulso, empezó todo.

Ikandra no recuerda exactamente cuándo comenzó a hacer música. Dice que tal vez desde el vientre de su madre. Lo que sí tiene claro es que su voz apareció temprano como una forma de decir lo que no siempre se podía explicar. “Me di cuenta de que era un instrumento de comunicación, de alegría, de dolor y de transformación”, narra. Y en su historia, esas tres cosas —alegría, dolor y transformación— nunca han ido por separado.

Creció en Buenaventura, un territorio donde el arte no se enseña: se respira. “Todo el Pacífico está lleno de talento”, dice, como si no hiciera falta explicar más. Empezó de manera empírica, como tantos. Una clase en el colegio le abrió la puerta a la guitarra, a las cuerdas, a la composición. Pero antes de todo eso, antes incluso de pensarse como cantante, hubo un primer instrumento: el bombo.

Una historia que suena a Pacífico

Ikandra fue bombera. Y no era común. “Era la única niña que lo tocaba, y lo hacía mejor que muchos de los chicos”, recuerda, sin arrogancia, más bien como quien repasa una escena que aún le sorprende. El bombo —ese corazón profundo de la música del Pacífico— le dio ritmo, fuerza, carácter. Pero también le puso una prueba: la vergüenza. Ser la única niña entre hombres la hizo dudar. Hubo un momento en que decidió dejarlo. Callar ese golpe. Pasar al canto.

Pero el tambor nunca se fue.

“Es el corazón del Pacífico”, dice. Y en su música todavía late, aunque ahora lo haga mezclado con guitarras, armonías contemporáneas y una voz que aprendió a sostener la emoción sin quebrarse.

Raíces del Pacífico

Su formación también pasó por la iglesia. Cantó en coros, en ceremonias, en espacios donde la música acompaña lo sagrado. Pero hubo otro lugar, menos luminoso, donde su voz también encontró sentido: el dolor. “Cantaba en cementerios, en las clínicas para personas en su lucha de muerte”, recuerda. No lo dice con dramatismo, sino con una calma que deja ver que ahí, en esos momentos límite, se formó una parte esencial de su sensibilidad artística.

De esa mezcla —la espiritualidad, la muerte, el mar, la tradición— nació una identidad. Una que reconoce su herencia en las cantadoras del Pacífico, en las voces ancestrales que han sostenido la memoria a través del canto. “Soy hija de las ancestras”, afirma.

Pero Ikandra no se quedó en la raíz. La raíz fue punto de partida.

A diferencia de muchos artistas de su generación en Buenaventura, su oído no se formó en la salsa choke. “Tengo el alma adulta”, dice, casi riéndose. Creció escuchando boleros, salsa clásica, música del Pacífico, admirando al grupo Buscajá. Esa mezcla la llevó, con el tiempo, a buscar su propio sonido: una fusión entre lo tradicional y lo contemporáneo, entre la percusión que la habita y la estructura de la salsa que la seduce.

“Siempre he sido inquieta por fusionar”, explica. Y en esa inquietud hay también una postura: respetar la tradición sin quedarse atrapada en ella.

De Buenaventura al mundo

Su camino la llevó a Cali, donde continuó su proceso musical, y luego a Bogotá, en un salto que marcó un antes y un después. En 2021, tras ganar como mejor intérprete vocal en el Festival Petronio Álvarez, recibió una beca completa para estudiar música contemporánea. Durante dos años y medio, se formó en Bogotá, conectó y tejió redes.

La capital le abrió puertas. Cantó en escenarios significativos, participó en proyectos como el de Yuri Buenaventura y vio cómo su música comenzaba a circular en otros formatos: series, producciones audiovisuales, historias que encontraron en su voz, parte de una banda sonora.

Pero si hay un momento que nombra sin dudar es Salsa al Parque. “La experiencia más maravillosa y significativa”, dice. No solo por el público —miles de personas— sino por el lugar simbólico: compartir escenario con referentes, medirse en otro nivel, entender que su proyecto también podía habitar la industria sin perder su esencia.

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Ese equilibrio, insiste, es clave. “Hay que moverse entre la raíz y la industria sin olvidarnos de dónde venimos”. No lo dice como consigna, sino como una tensión real, cotidiana, que atraviesa a muchos artistas.

Hoy, Ikandra sigue construyendo. Ha estado cerca de proyectos como el sello Positivo Records, liderado por Nidia Góngora, a quien admira profundamente. También ha explorado otros lenguajes, como la televisión en series como ‘María, la caprichosa’ y la novela ‘Devuélveme la vida’, sin descentrarse: su lugar sigue estando en la música.