
Zulma Lucía Cuervo
Especial CBonlinecali
Hay lugares que uno conoce en los libros del colegio, en alguna clase de geografía o historia de Colombia, y que sin saberlo se quedan guardados esperando el momento de ser visitados. Mompox fue así para mí. Desde esas clases hasta el día en que finalmente caminé por sus calles, este pueblo a orillas del río Magdalena no dejó de rondarme la cabeza. Y no soy la única: miles de viajeros de todo el mundo han escogido este municipio del sur de Bolívar como destino, atraídos por su magnetismo que Gabriel García Márquez bien sabe definir como realismo mágico.
Mompox son sus calles, su albarrada (o malecón) y sus imponentes construcciones coloniales que se resisten al paso de los años con una terquedad orgullosa.
El nombre de Mompox proviene del cacique Mompoj, y hoy el municipio lleva con orgullo la declaratoria de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Pero entender Mompox sin entender su río es imposible: toda su historia y toda su cultura están conectadas a través del Magdalena, que corre justo al lado del pueblo.
Antes de llamarse Magdalena, los indígenas de la región lo conocían como Karakalí, un río al que se le tenía respeto porque en sus aguas habitan culebras y babillas capaces de devorar a un humano. Más tarde, los conquistadores lo rebautizaron como Magdalena porque decían que el río lloraba, quizás por la infinidad de ciénagas y vertientes que lo alimentan en esta zona.
Ese mismo río fue testigo de otro capítulo importante: Mompox, como tantos municipios colombianos, recibió a Bolívar, y tiene el honor de haber sido la primera ciudad en declararse independiente, o por lo menos así lo dice el monumento construido en la Plaza de la Libertad.
Cine, calor y vino de corozo: el ambiente literario de Mompox
Caminar por Mompox tiene algo de cinematográfico. Por estas mismas calles transitó Ornella Muti, protagonista deCrónica de una muerte anunciada, la adaptación de la novela de Gabo. No hace falta ser cinéfilo ni lector empedernido para sentir, mientras uno recorre Mompox, que hay una atmósfera literaria flotando en el aire caliente del pueblo.
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Porque sí: Mompox es calurosa. Muy calurosa. Aquí el día se refresca a punta de abanico (el de mano, el de techo o el que venden en los almacenes de electrodomésticos) y de una copa bien fría de vino de corozo, que idealmente llega en frappé. Para mí fue un ritual que se volvió parte de la experiencia tanto como visitar cualquier iglesia.
Mompox también tiene una cultura viva gracias a su propio festival de jazz, que se realiza cada septiembre y que cuenta con una plaza dedicada a recibirlo.
¿Cómo viajar a Mompox hoy? Del misterio de las chalupas a los cruceros de lujo
Durante muchos años, la única forma de salir o entrar a Mompox era por agua: chalupas, canoas o el ferry eran la norma. Eso, indudablemente, llamó mi atención de niña y por eso quería conocer a ese pueblo mágico al que era tan difícil llegar. Pero desde hace seis años eso cambió gracias al puente Roncador y a otros dos puentes más, que finalmente conectaron al municipio por tierra.
La manera de llegar a Mompox también se está reinventando desde otro frente: el fluvial. La Gobernación de Bolívar quiere devolverle al río Magdalena el protagonismo que alguna vez tuvo y gracias al interés de AmaWaterways, la compañía de cruceros fluviales de lujo que decidió apostar por Colombia y que ya incluyó a Mompox en sus rutas por el Magdalena.
Y para quienes prefieren volar, Satena llega directamente al aeropuerto San Bernardo de Mompox, con vuelos que conectan desde Bogotá o Medellín.
Entre su arquitectura colonial, su río cargado de leyendas, su festival de jazz y ese calor que se combate con abanico y vino de corozo, Mompox es de esos lugares que uno guarda en la memoria mucho antes de conocerlos —y que, una vez visitados, es imposible olvidar.



